Lucia Goicoechea

Autora del Libro: “Villa Gesell: Historias fuera de Temporada”

Los comienzos de la historia

Lo cierto es que, escribir algo sobre Gesell siempre rondó por mi cabeza. Pero hubo un momento, uno en particular, que me hizo pensarlo en una posibilidad concreta para terminar mi carrera de Comunicación, en la idea para mi tesis final. Fue cuando conocí a un veterano de Malvinas, lejos de casa. 

Fue a bordo de un taxi que tomé al llegar a la terminal de ómnibus de La Plata. Con esa nostalgia propia de un domingo que llega a su fin, esa que arrastra cualquier estudiante del interior junto a sus valijas, me subí al auto con el solo motivo de partir cuanto antes al departamento y apoyar la cabeza en la almohada. 

El cielo en la ciudad de las diagonales permanecía oscuro. Con la mirada perdida en la ventana veía, somnolienta, las diapositivas de edificios, ramblas, árboles y luces. En esa conversación que parece trivial, entre taxista-pasajero pude recuperar el nombre de las Islas, el 82 y dos ojos marrones que brillaban tras el espejo retrovisor. Mi curiosidad rondaba por los detalles de la guerra, de la época y por supuesto, de los sobrevivientes. Mi interés y sus ganas de hablar transgredieron el tiempo del viaje y casi sin darme cuenta llegué a la puerta del edificio donde vivía. Aquel taxista que arrastraba unos 60 años, dibujados en su cabellos grises que me daban la espalda, apelaba a los rincones de su memoria con una convicción segura del sentimiento a su patria. Con la certeza absoluta, de que nada de lo que sucedió en Malvinas fue en vano.

Antes de abrir la puerta del taxi y despedir a su conductor, él se volteó a mirarme, con ese mismo brillo en los ojos que le desborda Malvinas y me dijo: 

-Nunca te olvides de tus bases, de tu origen, del lugar que te dio la vida; todo lo que puedas hacer por tu pueblo, tenés que hacerlo. El universo te lo va retribuir.  

Sus palabras calaron hondo en mí, junto esa nostalgia que me atrapa cada vez que me despido de Gesell: mis bases, mi origen, el lugar que me dio la vida. Ese lunes siguiente a las seis de la mañana comencé a pensar en una tesis que tuviera como protagonista a mi ciudad. No fueron las Islas Malvinas el objeto de mi trabajo final, no fue el dolor de esa guerra perdida, ni la historia de los jóvenes a los que mandaron a los confines del mundo a pelear una batalla que no merecían. Fue, sí, un ex combatiente quien prendió la lamparita, quien me arrimó a las orillas de mi trabajo. Escribir sobre el pueblo que adoptó a mis bisabuelos, a mis abuelos. Mi pueblo. 

Yo no sé si escribir sobre esta ciudad ayude en algo, o cambie la perspectiva de nadie. Quizás sea la mejor forma que encuentro para que no se me pierdan todas las cosas que siempre me gusta recordar. El olor que destilan los pinos, la arena entre los pies, las gaviotas en la orilla, las raíces del bosque, las primeras semillas de la historia. 

Quizás esta historia, la mía, podría comenzar con esa llegada de Blanca y de Martin desde Santiago del estero, junto a sus cuatro hijos y una esperanza de prosperidad. O tal vez, en el exacto momento en que tanto Juan Pablo como Basilio se bajaron del barco, dejando atrás Polonia, para luego instalarse en un pueblito de la costa atlántica. O con el lugar donde mi abuela encontró su paz,  lejos de su Alemania natal y las bombas cayendo sobre el techo de su casa. Lo cierto que es todos los hilos del árbol genealógico desembarcaron en los comienzos de un pueblo.  Y acá estoy, de nuevo, descubriendo mis pasos por las huellas que dejan en la arena, caminando debajo de las copas de los árboles y sintiendo el viento fresco en la cara, con la certeza, con la absoluta certeza,  de que mis raíces crecen al lado del mar.  
 
(Esta publicación integra la Revista La Web Cultural edición Diciembre 2019)
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